«El suicidio que no se cuenta: cuando el dolor crónico se convierte en una condena silenciosa»

El suicidio que no se cuenta: cuando el dolor crónico se convierte en una condena silenciosa
En España, cada día más de diez personas deciden quitarse la vida. El año pasado fueron 3.952. Detrás de cada cifra hay un vacío que se abre en una familia, un grupo de amigos, un barrio. En Canarias, donde vivo, fueron 241 personas. La tasa, 10,94 por cada 100.000 habitantes, está entre las más altas del país.
Lo repetimos como si fueran estadísticas, pero son ausencias. Sillas vacías en la mesa. Teléfonos que nunca vuelven a sonar. Risas que ya no se escuchan.
Una vida cualquiera, un dolor invisible
Imagina un hombre de mediana edad. Podría ser tu compañero de trabajo, tu vecino o incluso un hermano. Durante más de una década convive con dolor crónico: la espalda que no le deja dormir, las rodillas que le impiden caminar más de cien metros, la fatiga que convierte cualquier día normal en una batalla.
Ha pasado por consultas de atención primaria, por especialistas y hasta por médicos privados. Siempre con la misma sensación: un nuevo medicamento, otra prueba diagnóstica, pero ninguna solución. “Aguante”, le dicen. “Es normal con la edad”. “No será para tanto”.
Y poco a poco, esa frase que parecía inocente se convierte en una losa. Porque el dolor no se ve. No se mide en radiografías. No sangra. Y entonces los demás piensan que exagera, que es débil, que se ha rendido. Él lo sabe. Y calla.
El silencio se convierte en un compañero fiel. Pero también en un verdugo. En las noches, mientras todos duermen, le llega esa idea que empieza siendo un susurro y termina siendo un grito: “¿Y si acabo con esto?”.
La vergüenza que mata dos veces
En culturas como la japonesa, el suicidio se ha interpretado históricamente como un acto de honor. En la nuestra, se asocia a la debilidad, a la vergüenza. Y así ocurre lo impensable: cuando alguien se quita la vida, muchas familias prefieren ocultar la causa. Se habla de un infarto repentino, de un accidente, de “murió de pronto”.
El dolor, entonces, se entierra dos veces: primero con la persona que se va y después con la verdad que no se dice.
Un tabú que nos cuesta miles de vidas
Lo más duro es comprobar cómo, a pesar de ser la primera causa de muerte externa en España, el suicidio sigue escondido bajo la alfombra. El año pasado hubo más muertes por suicidio que por accidentes de tráfico o violencia de género. Y, sin embargo, ¿qué ocupa titulares? ¿Dónde están las campañas de prevención en horario de máxima audiencia?
La violencia machista se cobró 58 víctimas mortales en 2023. Una cifra dramática, sin duda, que merece toda la atención que recibe. Pero ¿cómo entender que casi 4.000 personas se suicidaran y que apenas se hable de ello?
La verdad es que el suicidio incomoda. Nos obliga a mirar de frente a lo que más tememos: nuestra fragilidad. Nos recuerda que cualquiera, bajo ciertas circunstancias, podría estar ahí. Y preferimos no pensarlo.
Hablar salva vidas
Hoy, 10 de septiembre, Día Internacional para la Prevención del Suicidio, me gustaría que pensáramos en esas 3.952 personas no como en un número, sino como en un espejo. Porque muchos no querían morir: lo que querían era dejar de sufrir.
Por eso necesitamos recursos reales: consultas de salud mental accesibles, programas específicos para personas con dolor crónico, atención a quienes llevan años siendo invisibles. No basta con un teléfono —aunque el 024 sea un salvavidas—, hace falta un cambio cultural.
Que hablar de suicidio deje de ser un tabú. Que escuchar a alguien decir “no puedo más” no sea visto como un gesto de debilidad, sino como lo que realmente es: un grito de auxilio.
Porque detrás de cada suicidio hay una historia que pudo escribirse de otra forma.
Hoy no hablo de cifras. Hablo de ausencias, de silencios y de lo que todavía estamos a tiempo de cambiar.
“Quien sufre en silencio no busca morir, busca dejar de sufrir.”
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