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De la tolerancia a la cancelación: cómo los algoritmos nos domestican

Entre la rebeldía y la conformidad: la España que pasó del ruido de las guitarras al zumbido de los algoritmos.

Recuerdo los años 80 como una explosión de vida. Yo era un adolescente que miraba a su alrededor y veía un país que despertaba, que experimentaba, que se permitía reírse de todo y de todos. Hoy, sin embargo, los sistemas de recomendación digital han redefinido lo que es aceptable. En los bares sonaba Siniestro Total, Glutamato Ye-Yé o Alaska, y nadie se escandalizaba si un punk se sentaba al lado de un ejecutivo o de una monja. Cada tribu tenía su espacio, y a nadie se le ocurría prohibir una canción porque ofendiera a alguien, algo impensable en el entorno actual, donde el castigo digital es instantáneo. La libertad era imperfecta, claro, pero era real. Había una energía cruda, combativa, una sensación de que el pensamiento —aunque fuese incómodo— tenía valor propio.

Hoy, sin embargo, me cuesta reconocer esa sociedad. Vivimos rodeados de discursos que hablan de tolerancia, diversidad e inclusión… y, sin embargo, algo huele a miedo. Miedo a decir lo que uno piensa, miedo a usar la palabra equivocada, miedo a ser señalado. No se prohíbe pensar, pero se castiga hacerlo fuera del guion. El viejo censor de uniforme ha sido sustituido por una multitud invisible con smartphone, siempre dispuesta a dictar sentencia.

Y en el fondo de todo, hay un actor silencioso pero implacable: el algoritmo. Esos sistemas que prometían conectarnos al mundo han aprendido a darnos solo lo que queremos ver, alimentando los mecanismos de la cultura de la cancelación y la polarización, y así, poco a poco, nos han domesticado. Cada clic, cada “me gusta”, cada búsqueda sirve para afinar una versión de la realidad hecha a nuestra medida. Dejamos de discutir con quien piensa distinto porque, simplemente, ya no lo vemos. Nos encierran en burbujas donde todos opinan igual, y cuando aparece alguien que no encaja, lo señalamos como hereje.

La llamada “cultura de la cancelación” no nació de la nada. Empezó como una herramienta para exigir responsabilidad, pero se ha transformado en un arma de control social. En este proceso, el algoritmo actúa como acelerador: al premiar la indignación, garantiza que el castigo digital sea rápido y viral. Hoy, no se busca tanto la reflexión como la expulsión social; una frase sacada de contexto o un tuit antiguo bastan para que una multitud, amplificada por estos sistemas de recomendación, exija tu desaparición. No hay proceso, ni redención, ni aprendizaje en esta nueva dinámica de cancelación algorítmica. Es como una aldea medieval, pero ahora con Wi-Fi, donde el pensamiento disidente es el hereje a quemar.

Lo paradójico es que muchas de esas personas creen estar luchando por el bien. En nombre de la justicia, se ha instalado un nuevo puritanismo moral. Y así, mientras decimos promover la diversidad, se estrecha cada vez más el margen de lo que puede decirse sin consecuencias. La ventana de Overton, ese espacio que define qué ideas son aceptables en el debate público, se cierra a toda velocidad. Lo que ayer era una opinión discutible, hoy puede ser motivo de linchamiento.

Y mientras tanto, los verdaderos poderes observan en silencio. Porque esta guerra entre bandos, este ruido ensordecedor, les conviene. Cada segundo que pasamos indignados en redes, los algoritmos acumulan datos y los gobiernos ganan tiempo. La tecnología, que pudo habernos liberado, se ha convertido en un sistema perfecto de conformidad: cómodo, entretenido y adictivo. Ya no hace falta censurar directamente; basta con distraernos lo suficiente.

Nos hemos acostumbrado a la indignación instantánea. Vivimos en una sociedad donde opinar es más fácil que pensar. Donde el valor de una idea no se mide por su coherencia, sino por su capacidad de generar aplausos o rechazos inmediatos. Hemos pasado de debatir a reaccionar, de argumentar a señalar. Y en ese proceso, algo esencial se pierde: el matiz, el gris, el derecho a estar equivocado.

Cuando miro hacia atrás, recuerdo aquella España en blanco y negro que de repente se llenó de color. Y me pregunto cuándo dejamos de defender el derecho a disentir. No digo que todo tiempo pasado fuera mejor; sería absurdo. Hoy disfrutamos de derechos y libertades impensables hace cuarenta años. Pero algo se ha deteriorado en nuestra forma de convivir. Hemos sustituido la libertad de expresión por la libertad de adhesión: puedes decir lo que quieras, siempre que sea lo correcto.

El pensamiento crítico, ese músculo que se entrenaba con el debate y la contradicción, se está atrofiando. La solución no es fácil, ya que los algoritmos y la cultura de la cancelación hacen el trabajo sucio, filtrando lo que no queremos oír. Y nosotros, satisfechos con nuestra dosis diaria de información “a medida”, perdemos la capacidad de soportar la disonancia.

La tecnología no es el enemigo. El problema es la forma en que la usamos —o mejor dicho, cómo nos usa ella a nosotros—. Hemos entregado nuestra atención, nuestro tiempo y nuestra conversación a sistemas que premian la ira y castigan la duda. Porque dudar no genera clics. Dudar no se viraliza.

Y, sin embargo, dudar es el principio de todo pensamiento libre. Sin duda, no hay progreso; sin error, no hay aprendizaje. Quizás el problema no es que haya cambiado el mundo, sino que hemos dejado de hacernos preguntas incómodas.

No deberíamos conformarnos con una sociedad que confunde empatía con censura, ni con un debate público donde solo sobreviven los gritos. Recuperar el espíritu crítico no es un lujo intelectual; es una cuestión de supervivencia democrática.

Por eso, más que un lamento, este texto quiere ser una invitación. A pensar sin miedo. A disentir sin odio. A opinar con respeto, incluso cuando duela. A no dejar que las máquinas o los bandos decidan por nosotros qué es correcto pensar.

Vivimos una era en la que la libertad no se pierde por decreto, sino por distracción. Y es que, mientras seguimos mirando pantallas, los engranajes de nuestra sociedad siguen girando… pero ya no sabemos quién los mueve.

Quizás ha llegado el momento de parar un instante y preguntarnos si seguimos siendo ciudadanos libres o simples usuarios domesticados. Yo tengo mi respuesta, pero me interesa más la tuya. ¿Tú qué opinas?

Fuentes consultadas: CIS – Estudios sobre percepción social de la libertad de expresión (2023)
. El Parteaguas – El algoritmo decide: burbujas informativas y polarización social (2025)
. Revista Methaodos – Cultura de la cancelación y dinámicas de exclusión en la era digital
. El Confidencial – El estudio español que explica por qué seguimos votando a los políticos corruptos (2015)
. Informe del Observatorio de Derechos Digitales – Libertad de prensa en la era del algoritmo (2024).

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